Ultimamente estoy poco fresquito con las entradas, así que aquí van mis diez interpretaciones favoritas de la primera década del tercer milenio ( las diez me gustan, la cifra númerica es por ordenar ).
1. Cristoph Waltz y su Coronel Hans Landa: Ya he hablado antes de la devoción que siento por Malditos Bastardos y Hans Landa tiene gran parte de culpa. Su “Monsieur Lapadie podría tomar otro vaso de su delicosa leche” se me repite en la cabeza de forma obsesiva. Acojona como el mejor De Niro y es adorable como un cachorrillo de Scotex. Dan ganas de abrazarle con traje y todo. Una interpretación soberbia.
2. Tonmy Lee Jones y su pete de Los Tres Entierros de Melquiades Estrada. Aparte de ser mucho mejor western que la oscarizada No Country for Old Men, Tommy Lee Jones dibuja un granjero en el crepúsculo de la vida encerrado en un desierto que recuerda mucho a Rulfo. Imprescindible.
3. Choi Min-Sik y su Oh Dae-Su de Old Boy: Si llega a ser un actor americano se le habría comparado con Robert De Niro. Se trata del desquicie mental de un hombre encerrado quince años donde la venganza es el único sabor que puede paladear y donde el destino se acepta de forma irrefutable. Me sorprende cada vez que veo sus ojos perdidos.
4. Va de chinos el pódium, y aquí tenemos a Tony Leung Chiu Wai y su papel de follastras en 2046. El retrato de un hombre perdido por el desamor sólo es creíble cuando lo encarna mi chinazo favorito.
5. Ricardo Darín en El hijo de la novia. Me quedo con sus primeros veinte minutos. El bueno de Darín deja a un lado su careta de buen tipo para convertirse en un cerdo capitalista obsesionado con hacer pasta. La transformación posterior en Darin el bueno es predecible pero jugosa. Mezcla como nadie el buen humor y el drama.
6. Daniel Day-Lewis y el gran Bill el Carnicero. Si Gangs of New York es mejor de lo que parece es porque se sostiene sobre este CACHODEACTOR, con todas las mayúsculas posibles. Un asesino, racista y xenófobo que es capaz de rendir pleitesía a sus enemigos muertos. Me quedo con la escena que anda envuelto en la bandera.
7. Jim Carrey en Olvídate de mi. Gracias a dios que Jim Carrey hizo de Joel. No sonríe una puta vez en toda la película, está amargado y parece haber estado siempre así. Este personaje no tiene recorrido, sólo se emociona al conocer a la Winslet, es la relación la que lleva consigo al espectador.
8. Ulrich Mohe en La vida de los otros. Aunque la interpretación me recuerda a la de Antony Hopkins en el silencio de los corderos, sólo me puedo quitar el sombrero con este agente de la stasi que guarda todo su odio tras una cara aparentemente tranquila.
9. Bruno Ganz es Hitler en El hundimiento. De su actuación me atrae más el lado humano que lo meramente técnico, voz y gestos parecidos a Adolf Hitler. Ves a un hombre hundido porque se le caen una serie de ideales, terribles, que Bruno convierte en algo secundario. Empatizas con el nazi mayor del reino.
10. Ian McKellen y su Gandalf. Hablar de duendes, enanos, elfos y anillos no es muy creíble y menos si eres un mago. Pues Sir McKellen lo hace tan bien que consigue dos cosas fundamentales: Ser el Gandalf del libro y hacerlo tan tan tan bien que se convierte en una interpretación que mejora los minutos de una buena cinta de aventuras. Fue tan escandaloso que le nominaron al oscar.
¿Cuáles son las vuestras?
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miércoles, 8 de septiembre de 2010
miércoles, 25 de agosto de 2010
Malditos Bastardos
El otro día hablaba con un amigo sobre los diferentes niveles que tiene una película y como a menudo los espectadores nos quedamos con un solo punto de vista, mientras pasamos por encima miles de detalles que a priori parecen estúpidos. Malditos Bastardos de Quentin Tarantino puede servir de ejemplo.
Se me ocurrió la idea de analizar esta película mientras hablaba con mi primo. Es un poco más mayor que yo y siempre le he tenido por un hombre culto, nuestras conversaciones suelen ir más por la música y el cine que por las tías y sus curvas. Charlando sobre la última peli de QT me quedé a cuadros cuando dijo que se había aburrido y que Tarantino “se tenía que dejar de conversaciones para ir a lo suyo”.
Ojiplático perdido le pregunté… ¿Qué es lo suyo? Pues los tiros, respondió. Pues muy bien, dije.
Ahí está el primer nivel de un análisis. Mi primo acude a Tarantino por la violencia de sus películas. Válida, pero “Londres bien vale una misa”. "París bien vale una misa". Una segunda capa de la cebolla estaría precisamente en las conversaciones que rechaza mi primo: Estas suelen mostrarnos partes de la historia en las que “apenas ocurre nada” para a menudo, meter algo de cultura pop. Quizá en Malditos Bastardos sólo se aprecie este segundo nivel durante el juego de cartas de los oficiales, pero ahí tenemos el principio de Reservoir Dogs o las conversaciones entre Jules y Vincent de Pulp Fiction.
Una vez aclarados los dos primeros niveles, voy a por un tercero que creo distingue al propio Tarantino. El director de Texas es un maestro en las referencias intertextuales. Es decir, dentro de una buena película de Tarantino, también las tiene malas, ¡!!vaya telita Death Proof!!!, hay todo un universo que requiere un cierto nivel cinematográfico del espectador. Inglorious Bastards es mejor si hemos visto el cine bélico de los setenta, con Jackie Brown, el cine negro se antoja fundamental. Tarantino homenajea al celuloide dentro del propio celuloide. El ejemplo más claro está en Death Proof cuando en el móvil suena la melodía de Kill Bill.
Aclarados estos tres niveles voy a exponer un cuarto que convierte a Malditos Bastardos en una obra mayor. Aparte de ser un poco lenta, divertida y de tener todas estas capas, la última gamberrada es su reivindicación como película con el juego de acentos.
Tenemos a Hans Landa con su absoluto conocimiento de los idiomas pero también tenemos otros nazis más tradicionales. La famosa escena del bar recoge a todo un grupo de oficiales alemanes hablando en su lengua original, intentado recordar y trasgredir como en los viejos tiempos. Esta intertextualidad la reivindica como cinta y la pone al nivel de la Nouvelle Vague pues igual que este género, reivindica al cine como tal. Tarantino nos recuerda que lo que estamos viendo es una película y en ningún caso pretende dar sensación de mímesis.
Se me ocurrió la idea de analizar esta película mientras hablaba con mi primo. Es un poco más mayor que yo y siempre le he tenido por un hombre culto, nuestras conversaciones suelen ir más por la música y el cine que por las tías y sus curvas. Charlando sobre la última peli de QT me quedé a cuadros cuando dijo que se había aburrido y que Tarantino “se tenía que dejar de conversaciones para ir a lo suyo”.
Ojiplático perdido le pregunté… ¿Qué es lo suyo? Pues los tiros, respondió. Pues muy bien, dije.
Ahí está el primer nivel de un análisis. Mi primo acude a Tarantino por la violencia de sus películas. Válida, pero “
Una vez aclarados los dos primeros niveles, voy a por un tercero que creo distingue al propio Tarantino. El director de Texas es un maestro en las referencias intertextuales. Es decir, dentro de una buena película de Tarantino, también las tiene malas, ¡!!vaya telita Death Proof!!!, hay todo un universo que requiere un cierto nivel cinematográfico del espectador. Inglorious Bastards es mejor si hemos visto el cine bélico de los setenta, con Jackie Brown, el cine negro se antoja fundamental. Tarantino homenajea al celuloide dentro del propio celuloide. El ejemplo más claro está en Death Proof cuando en el móvil suena la melodía de Kill Bill.
Aclarados estos tres niveles voy a exponer un cuarto que convierte a Malditos Bastardos en una obra mayor. Aparte de ser un poco lenta, divertida y de tener todas estas capas, la última gamberrada es su reivindicación como película con el juego de acentos.
Tenemos a Hans Landa con su absoluto conocimiento de los idiomas pero también tenemos otros nazis más tradicionales. La famosa escena del bar recoge a todo un grupo de oficiales alemanes hablando en su lengua original, intentado recordar y trasgredir como en los viejos tiempos. Esta intertextualidad la reivindica como cinta y la pone al nivel de la Nouvelle Vague pues igual que este género, reivindica al cine como tal. Tarantino nos recuerda que lo que estamos viendo es una película y en ningún caso pretende dar sensación de mímesis.
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